El Rayo Verde

Taller Cooperativo de Escritura Creativa

El embotellador de Tiempo – por Daniel Badagnani

Posted by rayoverdetaller en 28/09/2008

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De chico Martín vivía obsesionado con el Tiempo. Sentía su flujo en la carne insoportablemente, le daba rabia vivir ahogado en él y no poder tocarlo ni conocer su verdadero rostro. Por eso un día decidió embotellarlo.

Esta era la clase de manías que hacía de Martín un solitario sin solución, porque la intención de embotellar Tiempo no es algo de lo que se pueda hablar en los recreos. Ni tampoco eso que le pasaba al caer el sol detrás de los eucaliptos cuando se sentaba en cierto tronco en el parque de su barrio, evento al que acudía todas las veces que lograba convencer a su madre de que no, ya no tenía deberes pendientes. El sol le llegaba filtrado por la cortina móvil de los eucaliptos arrastrando consigo sus fragancias poderosas, y le parecía que el mundo era un criptograma y que ese momento era, de un modo que se le escapaba, la clave que haría todo transparente. Claro que de chico no hubiera podido nombrar aquello con esas palabras, de hecho no lo nombraba con ninguna y la sensación cruda lo invadía y le quemaba por dentro (a veces las palabras funcionan como las asas de un brasero). Podría mencionar muchas otras peculiaridades de Martín pero no quiero irme de tema, porque me interesa hablar de sus peripecias como embotellador de Tiempo.

Martín se convenció de que si embotellaba Tiempo su esencia le sería revelada. Cualquier ingeniero podría haberle dicho que estaba poniendo el carro delante de los caballos, pero sospecho que no lo hubiera escuchado; cuando uno quiere embotellar Tiempo no quiere realmente saber nada de ciencia y técnica, aunque crea lo contrario (Martín no sabía lo que era la ciencia, sólo conocía los relatos épicos de las revistas de divulgación, y por eso llamaba ‘ciencia’ a lo que otros hubieran llamado ‘magia’).  Por meses trató de imaginar artefactos y métodos, que pronto se le revelaban ridículos e inocuos. Tuvo que cambiar el enfoque. Al final se decidió por improvisar una máquina real, que iba creciendo a medida que encontraba chucherías por ahí que le parecían adecuadas (el taller de la esquina era un proveedor habitual). Solo cuando la máquina le pareció lo suficientemente compleja como para que fuera plausible que hiciera algo interesante se decidió a probarla. No es que tuviera un resultado  en mente, esperaba que lo que ocurriera le diese la clave de cómo seguir. ‘Encender’ el aparato consistía en meter dos alambres que asomaban de la máquina en el enchufe, uno en cada agujero, enguantado con dos bolsas de supermercado porque bien sabía que aquello era peligroso. Lo hizo. Que el resultado no involucraba en absoluto el embotellado de Tiempo saltaba a la vista. Saltó además una brusca chispa azul, saltaron los tapones de la casa y saltó el propio Martín, por voluntad del chispazo pese a las precauciones y con un dolor en las coyunturas de las muñecas que lo acompañó por horas. Tambien provocó el griterío histérico de su madre y la prohibición paterna de hacer experimentos con electricidad, impuesta con la dureza que los sustos inducen en los padres.

El Tiempo fue sometiendo a Martín a ese proceso de negación de sí mismo que muchos llaman ‘madurar’, y pronto recordaría aquellas experiencias con indulgencia algo avergonzada. De a poco fue aprendiendo a hablar el idioma de los demás, se fue amoldando a las expectativas ajenas y fue acostumbrándose a formularse sólo preguntas ‘útiles’. Atravesó las dichas y penurias que se atraviesan en la vida y que no voy a narrar porque cualquiera puede verlas por ahí, en las novelas o en las letras de los tangos.  Lo que sí importa contar es que al filo de los cuarenta conoció a Analía y supo que le había estado llamando ‘enamorarse’ a procesos que no merecían semejante honor. Analía era bellísima, por supuesto, y disfrutaba de las cosas con la sensualidad sin censuras de los chicos. Para Martín lo más hermoso era que no sentía pudor de estar desnudo con ella, y no hablo de la ausencia de tela tapando piel.

Analía le dijo por teléfono que había conseguido Drambuie, ese licor que ella encontraba delicioso sin comparaciones posibles del que tanto le había hablado, y Martín tuvo una inspiración súbita y feliz: la invitó a probar el manjar sentados en el tronco del parque de los eucaliptos, aquel del barrio de su infancia. Cuando llegaron el sol estaba alto y pasó como siempre: la charla desvanece al mundo y cuando se quieren acordar está atardeciendo. El que lo nota es Martín, porque de golpe ahí está otra vez esa sensación que parece haber perforado los años y alojarse incorrupta en su pecho, quemándoselo. Se lo está por decir a Analía, pero ella de pronto recuerda la botella que lleva en su mochila y la saca junto con dos vasitos de licor, con la sonrisa de quien está por hacer una travesura. No puede decir nada porque es hermoso verla servir delicadamente y disfrutar de la tenue viscosidad del Drambuie acomodándose en el vaso. El sol incendia los cabellos de Analía y revela una transparencia inesperada y ámbar en los más sueltos. Los dos toman el primer sorbo simultáneamente, y los sabores estallan en la boca de Martín, como lo hacen los colores entre los árboles y la sonrisa deslumbrante de Analía, que brilla por su cuenta. En la mirada enamorada de Analía caben todos los atardeceres. De golpe la sensación ya no le quema, una certidumbre lo golpea de un modo casi físico; queda en una semisonrisa de labios relajados y ojos lagrimeantes. Analía no necesitará palabras para preguntarle, le bastará un sutil cambio en sus cejas, y Martín le contestará con la poca voz que sus emociones le permitan: – Estoy embotellando Tiempo.

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7 comentarios to “El embotellador de Tiempo – por Daniel Badagnani”

  1. walter said

    Hola Daniel
    Como siempre, leyéndote donde sea, me encantó. El relato está bien llevado desde el primer párrafo contundente. Esas primeras líneas ya atrapan y uno quiere saber qué será de ese chico y su obsesión con el Tiempo, así, con mayúscula.
    Para hilar finito, me quedan dudas en algunos detallecitos. Uno es el cambio de tiempo en la narración. Se pasa al presente en el último párrafo. Yo no sé decir si es recurso y está bien así o si convendría mantener el tiempo en que venís contando. Como sea, yo durante la lectura lo noté y por ahí si no es la intención en una de ésas convendría seguir sin cambio de tiempo (con minúscula, je).
    Después hay alguna cosita más sutil que te marco directamente sobre el texto editado.
    Un lujo compartir el RV con vos.
    Abrazo

  2. Pini said

    Hola Daniel, cómo me gustó tu texto! No se si mi opinión es como para tenerla en cuenta “críticamente hablando” porque me dejé sobornar olímpicamente por el relato. Mi infancia se parece muchísimo a la de Martín (Analía incluída). Es extraordinaria la descripción de la máquina, si habré hecho volar tapones! Si me habrán cagado a pedos también! y ahi encaja perfecto lo de la dureza de los padres inducida por el miedo. Chiche, Dani, un gusto.
    Después releo y agrego algo.

    NOTA: En el Rayo Verde decimos Chiche en lugar de power :))

  3. Sol said

    Que linda historia Daniel… Estuve esperando cuál sería la esencia que Martín quería que le fuera revelada. Finalmente la cetrtimbre golpeó de un modo físico junto a Analía.
    Me encantó el modo de contarlo y como dice Walter desde el inicio nomás ya se quiere entrar para saber qué sucesos acontecen para quien decide embotellar tiempo.
    Hay una mezcla además, al menos para mí, de un relato infantil y “adulto”, como que se balancea entre lo emocional, lo racional y que vuelve a lo emocional o, espontáneo, conservador y vuelta a lo espontáneo…, no sé si soy clara, no importa es una impresión del relato.
    Muy bueno!!

  4. Sol said

    Quise decir certidumbre, claro

  5. Daniel said

    Bueno, me alegro que les gustara! Gracias por lecturas y comentarios.
    Les cuento que la primer version la escribi toda en pasado. Despues me parecio que podia acentuar el ‘efecto eternidad’ manipulando los tiempos verbales, y esa es la version que mande.

    Ahi respondi sobre la edicion del texto.

    Asi que vos tambien le sacabas canas verdes a tu vieja Pini? jejejeje! Somos muchos mas de lo que mucha gente piensa. Si un dia todos ‘salimos del plackard’ somos capaces de borrar a Tinelli de los recreos escolares :D

  6. Silvia said

    Hola Daniel,
    Es una historia que no acepta una lectura rápida, porque lo que plantea es muy profundo. Lo que más me gustó fue que a través de una biografía que tiene algunas particularidades, pero que no es sobre una vida extraordinaria, se llega a un tema al que es muy difícil acceder sin caer en lugares comunes: la felicidad. Eso entendí yo. Capturar el instante que dura, si tenés la oportunidad en la vida de que alguna vez te pase.
    Esto tan difícil está contado con un lenguaje sencillo, en una vida sencilla.
    Lo de los tiempos verbales sobre el final a mí me suena bien, se pasa del pasado al presente sin que choque, al contrario.
    Me gustó la expresión “revela una transparencia inesperada y ámbar en los más sueltos” y en general toda esa escena. Está contada con mucha belleza. Se siente cargada de amor.
    Un texto hermoso.

  7. Daniel said

    La felicidad, exactamente. Esto lo escribí hace dos meses, despues de la visita de mi novia, y se lo pude regalar en cuanto se conectó desde La Plata. Fue un respiro de los personajes alienados que venía escribiendo. Con el impulso todavía escribí “Las musas son buenas con Ale”, y despues volví a las andadas, ya van a ver el próximo :S

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